Una vez más es 18 de julio. Se cumple otro año del atentado a la AMIA. Creo que ya pasaron seis o siete aniversarios pero no estoy del todo segura. Saco la cuenta: 2001-1994...mmm... Sí, ya van siete y aún no puedo creer que todavía no se sepa nada.
La maestra, o como le decíamos nosotros “mora”, reúne a todos los chicos y nos hace salir al patio. Nosotros, entre chistes, juegos y bromas nos acomodamos en una fila, que como siempre, va de menor altura a mayor. Justo en ese momento, se escucha una alarma muy ruidosa que está a un volumen altísimo. Todos ya sabemos: nos tenemos que quedar quietos y callados, recordando a los fallecidos.
Cuando finalmente culmina el minuto de duelo, la directora del colegio, una mujer grande que casi siempre está malhumorada, recita unas palabras y nos manda nuevamente a nuestro salón.
Nosotros caminamos desconcertados y desganados al mejor estilo de los estudiantes de la película “The Wall”. Nadie entiende demasiado qué pasó en esa ocasión ni por qué ha sucedido. Solo tenemos una certeza: 85 personas murieron por un atentado que pudo ser evitado.
Cuando entramos al aula, una mujer de más o menos 60 años nos está esperando. Su nombre es Tzivia y es un familiar de una de las víctimas. Sentada frente a nosotros, nos cuenta cómo fue ese trágico día para ella. “La noche anterior a la explosión, yo había hablado con mi hijo. Él me comentó que pensaba ir a la AMIA al día siguiente para encontrar algún trabajo ya que estaba desempleado. El 18 a la mañana, yo fui a hacer las compras en el super y cuando volví a mí casa, prendí la tele para ver mi programa favorito como hacía siempre. Sin embargo, en esa oportunidad solo pude observar que los noticieros, sin informar demasiado, hablaban de un atentado en la calle Pasteur. En ese momento, se me vino la imagen de mi hijo a la cabeza pero traté de tranquilizarme pensando que él ya no se encontraba por esa zona. Continué viendo la tele pero no se daban datos nuevos. A la tarde, mi nuera llamó por teléfono y me dio la triste noticia: Germán estaba internado muy grave en el hospital porque parte de la mampostería se le había caído encima. Finalmente, mi querido hijo falleció horas más tarde”, nos cuenta la señora mayor.
Luego de charlar un rato con ella y hacerle preguntas, la mora nos hace ver un video sobre el atentado y formar grupos de cinco personas. La consigna es clara: en una hoja de papel hay que poner todos nuestros sentimientos. Pueden ser plasmados en palabras o en dibujos, pero la idea es expresar lo que sentimos frente a tanta impunidad.
Con mis compañeros decidimos escribir. Cada uno dice lo que piensa y nos ponemos a redactar: “18 de julio. 9:53 de la mañana. ¿Surgieron de bajo tierra?, ¿Se desprendieron del cielo?
Una lluvia de estrellas nos iluminó de tristeza.
Gritos por doquier proclamaban impureza.
Estaban entre los ruidos, heridos, malheridos, inmóviles, en silencio. Sentimientos de llanto, dolor, furia y bronca
inundaron nuestros corazones. Corazones que ahora se preguntan: ¿por qué personas inocentes murieron?,
¿por qué la vida puede desaparecer en un minuto? Y la justicia, ¿va a ser siempre un ideal utópico?”.
Una lluvia de estrellas nos iluminó de tristeza.
Gritos por doquier proclamaban impureza.
Estaban entre los ruidos, heridos, malheridos, inmóviles, en silencio. Sentimientos de llanto, dolor, furia y bronca
inundaron nuestros corazones. Corazones que ahora se preguntan: ¿por qué personas inocentes murieron?,
¿por qué la vida puede desaparecer en un minuto? Y la justicia, ¿va a ser siempre un ideal utópico?”.
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